CRITICA PENAL


Bienvenid@s al primer programa de radio para pensar y discutir el sistema penal.

Producido por docentes universitarios, alumnos y periodistas, pretende ser un espacio abierto a la participación colectiva.

Todos los Jueves de 21 a 23hs, por FM 88.7 de la Azotea, Mar del Plata, Argentina
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jueves, 14 de noviembre de 2013

Editorial 15° Programa

Ya le habían pegado durante horas, en ese aguantadero asqueroso, pero cuando sacó el fierro lo sorprendió. No le dio tiempo a reaccionar y, cuando se dio cuenta de lo que estaba por pasar, el uniformado posó la 9mm, esa arma “perro” que lleva siempre para estos casos, en su cabeza.
Aunque desde que empezó a meter fierro para comprar esas llantas que eran la envidia de los pibes de la esquina, Lito sabía que esa era una de las opciones -que podía perder y que perdiendo podía perder mucho más que la Libertad- el frío del arma en la sien le trajo mil imágenes que se le cruzaron por la cabeza.
Se acordó cuando, de pibe, su viejo se había ido a la mierda, dejándolo a él con su vieja y sus tres hermanitos. Recordó las cosas que tuvo que hacer su Mamá para que no les faltase la comida, las veces que lo fue a buscar, de día o de noche, con lluvia o con sol, a los tantos lugares de encierro por los que pasó. Las cagadas a pedos que se comía, y cada uno de los abrazos que le daba cuando, para tranquilizarla, le decía que se iba a rescatar.
El cañon de la pistola apuntándolo hizo que le vinieran de pronto los nombres de tantos de sus amigos de la infancia -esos con los que jugaba al fútbol soñando con ser como Francescoli y como Maradona- que se repartían ahora entre los que habían caído en cana, los que habían perdido la vida metiendo fierro y aquellos, pocos, que habían podido rescatarse. También se acordaba de un par de amigos suyos, a los cuales la gorra había matado en los pasillos del barrio, vaya a saber uno por qué motivo, además de la visera y las llantas último modelo.
En el último tiempo, Lito había pensado en rescatarse, en juntar unos pesos y mandarse a mudar. Aunque con esa carita infantil que se llenaba de pecas aparentaba menos edad, ya tenía veintiún años, una señora, un pibe, y las balas picaban cerca, señal de que había que empezar a cambiar.
Por eso le dijo que no al Jefe de Calle de la Primera cuando éste lo cruzó en la calle y le propuso que trabajase para él. La última vez que lo quiso chamuyar, le
dijo que era sencillo, que se trataba de unos laburitos grandes y nada más. Aunque sabía que era complicado negarse, ya se lo había dicho varias veces: no quería trabajar para la policía, no confiaba ni iba a confiar en ellos. Y se quería rescatar para ver crecer a su hijo.
El uniformado guardó el arma. Riéndose, dijo un par de cosas que Lito no entendió porque su cabeza se había ido por un instante de ese lugar oscuro, ese aguantadero policial. Sacado, con los ojos inyectados en sangre, el agente del orden lo miró y le dijo que a él nadie le decía que no, que no fuese gil. Lo volvió a golpear en la cabeza.
Cuando, minutos después Lito volvió en sí, levantó su vista y lo vio allí, inmóvil, empuñando el arma hacia su cuerpo. Lito le gritó algo, pero el estruendo de la pólvora lo acalló. El policía, mandibuleando y sonriente, guardó su arma.
El cuerpo de Lito apareció, diez días después, en el medio de un arroyo, mientras unos pibes, otros, jugaban al fútbol.

Historias como ésta se dan cotidianamente en nuestra provincia, en nuestra ciudad.
Este tipo de represalias a quienes rechazan formar parte de la regulación policial del delito, así como las ejecuciones extrajudiciales, gatillo fácil, que le dicen, se repiten y se repiten con la juventud en las barriadas estigmatizadas y vulnerables.
La muerte de pibes pobres, privados del acceso a los bienes económicos y culturales que la publicidad y la Sociedad demandan como elemento inclusor, es moneda corriente y práctica naturalizada, y se sustenta en la reiteración de discursos constructores de odio hacia los enemigos sociales, los portadores del cartel del mal. Discursos que deshumanizan, que excluyen, y que posibilitan que otros, después, sean policías o civiles, vayan y limpien la mugre.
Luciano Arruga. Ahora Diego García en Tigre. Farías, Taja, el Chavo Campos en nuestra ciudad. Las muertes en La Plata que denunció el Defensor Julián Axat, y que serían producto de escuadrones de la muerte que conforman civiles y apañan uniformados.
Todas muertes que tienen varios denominadores comunes: la juventud de las víctimas, la participación policial, la complicidad e inacción judicial.

¿Dónde está el Estado, dónde la Sociedad, frente al estado de vulnerabilidad, de privación de acceso a los más básicos derechos que embarga, aún hoy, a amplios sectores de nuestra juventud, que no estudia ni trabaja, y parte de la cual ve en el delito la puerta de ingreso a esa Sociedad que los excluye?
¿Qué alternativas de vida pueden construirse, cuando ese “camino de vida” que se presenta como anhelable -consumista por definición- exige tener lo que no se tiene, y no se puede tener?
Pareciera una verdad de perogrullo, pero hoy, cuando la inseguridad “ataca” y el fascismo asoma, hay que seguir discutiendo con sectores y posiciones que aún no entienden -no quieren entender- que más seguridad no es más policía en las calles ni mayores facultades para “combatir el delito”.
Frente a tanto sentido común mediáticamente construido hay que gritar hoy con más fuerza que la respuesta penal no sirve, no repara, no evita, no sana. Que no sirve construir más depósitos humanos -eufemísticamente llamados cárceles-, porque éstas van a seguir sirviendo sólo para deshumanizar y despersonalizar a las personas privadas de su Libertad.
Hoy hay seguimos dando la discusión de que no se trata de mejorar el sistema penal, sino de buscar algo mejor que el Derecho Penal. Hoy queremos que seguir convenciendo de que no se trata de balas sino de tizas, no es cuestión de helicópteros y patrullas sino de trabajo y salud. Que la única forma de vivir con “seguridad”, es cuando esa seguridad la tenemos en el reconocimiento y ejercicio de los derechos.
Que sólo en la acción hay esperanza, y que una prisión sin muros, una policía sin gatillo y una justicia sin venda sólo pueden ser y existir en una Sociedad sin exclusión y sin miserias, una Sociedad que valga la pena ser vivida.

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